Semana de más aventuras, bien temprano por la mañana, con mi amigo Marc y algunos miembros voluntarios de la Cruz Roja de Barcelona, nos subimos en el autocar. Va a resultar un trayecto largo pero distraído de más de 2 horas hasta llegar a nuestro destino marcado: el pueblo de Llavorsí.
Una vez con los pies en el suelo, hacemos los primeros estiramientos de piernas y brazos. Ha sido mucho rato para nuestras articulaciones. Se empieza a notar la mezcla de nervios con las ganas intensas de vivir una emocionante experiencia. Algunos se fuman los últimos cigarrillos, se calman los nervios y hacemos la correspondiente cola.
Nos introducimos en los trajes negros de neopreno. Un auténtico suplicio mientras esperamos con las temperaturas veraniegas del momento y con un tórrido sol que hace de las suyas. Por otro lado, estos, en breves minutos nos estarán aíslando de las frías aguas que discurren por la travesía fluvial. La gelidez de las corrientes es tolerable aunque, seriamente, es muy aconsejable elegir un día donde el sol no este cubierto ni haga excesivo viento.
Nos repartimos: 1 monitor y unos 7-8 tripulantes por balsa. Los motores de la adrenalina y la dopamina empiezan a reaccionar. Una breve introducción al mundo de la navegación y a las normas de seguridad y control. Todos aprobamos con éxito y estamos listos para zarpar como auténticos piratas de agua dulce. Con otro compañero, los dos delante en la parte que capitanea el equipo, empezamos a remar. Al unisono de las indicaciones del monitor nos movemos hacia adelante, hacia atrás y hacia los laterales.
Las primeras corrientes nos alejan del embarcadero y cada vez vamos a más. Estamos cogiendo velocidad, la balsa baja y sube, el agua nos salpica en la cara. Queremos más, muchísimo más. Nuestros latidos están acelerándose y no dan con la estimulación suficiente.
Nuestros deseos son escuchados y nos introducimos entre rocas, bajadas estrepitosas de desniveles de agua, remolinos y toda clase de obstáculos acuáticos. Nuestra balsa se hunde y resurge, mientras vamos tomando ventaja a los demás grupos. La competción de balsas ha empezado. Es corriente ver pequeñas trifulcas entre bucaneros, mientras nos lanzamos agua o se producen atrevidos adelantamientos.
El agua completamente congelada nos cala en los huesos. Parece soportable y lo es, pero para los que vamos delante la cosa no mejora. Se permite lanzarse al agua antes de alcanzar los tramos más movidos, entonces sentirás el frío directamente en la globalidad de tu cuerpo. Todos los golpes de agua vienen directos a nosotros, y empezamos a entrar en la zona de los rápidos importantes. Estos tienen distintos nombres como si fueran tempestades a respetar. Cada uno prevalece al otro aumentando el controlado riesgo.
Hemos llegado al punto de recogida, varios kilómetros más abajo. Todo ha sido fugaz. Parece que nuestra travesía haya sido un trayecto corto y a velocidad reducida. Esto se explica por las altas sensaciones que hemos vivenciado. Con ganas de repetir nos liberamos de los trajes y chalecos salvavidas y volvemos a nuestros cálidos hogares.
El recuerdo de la unión entre el frío y la excitación perdura en casa a pesar de la respectiva ducha de agua caliente.

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